dilluns, 10 d’abril de 2017

Cartas a Amparito (23)

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Barcelona, 10 de abril de 2017. Lunes santo

Querida Amparo. Hoy no te voy a contar nada de mi. Te escribo para mandarte una homilía que me gustó mucho. Te la he adaptado aunque es de suponer que ya la habrás leído pues dicen que aquí donde estás —el «lugar de la palabra» por excelencia— no os hace falta leer ni en soporte papel ni en digital ya que podéis hacer la lectura toda de golpe, sin esfuerzo y con toda su comprensión incluso antes de que sea escrito o pensado. No sabes la envidia que en esto también me das...


Regina coeli

Ayer, en la vigilia pascual, resonó el Aleluya, “Alabad al Señor”. Durante este tiempo litúrgico, la invitación a la alabanza se propagará de boca en boca,  de corazón en corazón. Resuena en Pascua porque ha habido un acontecimiento excepcional: la muerte y resurrección de Cristo. Es el Aleluya, canto de alegría y alabanza que brota del corazón de los primeros discípulos de Jesús en la mañana de Pascua, en Jerusalén.  
Es el aleluya que nos parece oír hoy en voz de los discípulos: en la de María Magdalena, la primera en ver al Señor; las voces de las primeras mujeres que, se encontraron con Él cuando corrían, asustadas y felices,  a dar el anuncio; las voces de los dos discípulos que, llenos de desánimo, se habían dirigido a Emaús y que regresan por la tarde tras reconocer al Señor por sus palabras y por la “fracción del pan”, las voces de los discípulos en el Cenáculo cuando se presenta en medio de ellos y les dice: “¡La paz con vosotros”! 
Esta experiencia ha grabado para siempre el aleluya en el corazón de la Iglesia, y también en nuestro corazón.  
Por esta experiencia los cristianos rezamos en este tiempo el Regina coeli  a modo de nueva anunciación a María. Invitamos a la madre a alegrarse porque su Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como había dicho.
Que el aleluya pascual se grabe profundamente en nosotros, y que, como “resucitados”, invitemos a todos a alabar al Señor. 
María, Madre de Dios y Madre nuestra: ruega por nosotros para que por la resurreción de tu Hijo, que devolvió la alegría al mundo entero, nos conceda esa alegría en nuestra vida actual y en la vida sin fin. Benedicto XVI. Homilía, 24/03/2008



Un abrazo muy fuerte
Mari Carmen

divendres, 31 de març de 2017

Cartas a Amparito (22)

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Barcelona, 31 de marzo de 2017

Querida Amparito

Hace muchos, muchos años vinieron a vivir al piso que está justo debajo del nuestro tres señores. Ya entonces se les veía bastante mayores, tampoco se les veía muy sobrados de medios. Pasados unos años murió uno de ellos. Ni siquiera nos enteramos. Preguntamos por él al notar su ausencia.

Los dos amigos que quedan llevan viviendo en el piso bastantes años ya. No van muy aseaditos, pero pueden pasar. El más gordito era quien parecía llevar la casa, el pater familiae que organizaba y disponía desde los primeros tiempos. Debía de ser, y lo parecía, el más enteradillo. El otro que queda es muy delgadito y ágil, algo cascarrabias y con dificultad para hablar. Era quien antes, cuando convivían los tres,  iba y venía a comprar y a hacer las  gestiones más sencillas. Con el tiempo me enteré de que había sido recogido al ser  abandonado por su madre nada más nacer. Quizá sea esta la causa de su retraso y de su dificultad para hablar. Este pequeñuelo del Señor ha sido siempre muy cortés y afable con los vecinos. En otros tiempos le oíamos gritar muy enfadado en discusiones con su amigo, quien le solía responder con calma y sentido. Una vez se enfadó conmigo. Estaba yo fregando el balcón, dejé caer unas gotas de agua y le mojé el periquito que acababa de sacar al balcón al aire fresco de la mañana. En la convivencia de estos dos vecinos se veía bien quién cuidaba de quien, quién era el ángel de la guarda y quién el niño  necesitado de cierta protección.

Un día el pater se puso enfermo. Cuando lo volví a ver ya no era el mismo, había perdido mucha energía, la enfermedad lo había debilitado bastante. Ahora sale a tomar el sol cada día a eso de las doce. Camina muy despacio apoyado en su enjuto y ligero amigo. A este se le ve muy contento y satisfecho en su nueva responsabilidad de velar por su amigo. Diríase que en su actitud protectora,  casi maternal ha encontrado una renovada felicidad. 

Y los dos van saliendo adelante, siempre amables, siempre sonrientes, cada vez más despacito. Yo creo que son sabios.

Ya ves, querida Amparito, las vueltas que da la vida, cómo no hemos de preocuparnos tanto del mañana, del qué será de nosotros. La Providencia siempre camina a nuestro lado, aunque  no acabemos de creerlo del todo. Ya ves, niña mía que estás en los cielos, lo que hace la amistad y el amor al hermano.


Mari Carmen

dijous, 23 de març de 2017

Cartas a Amparito (21)

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Barcelona, 23 de marzo de 2017

Hoy comienza la fiesta de sant Oleguer en nuestra parroquia. Son las seis de la tarde, ahora estará comenzando el concierto de Gospel; a continuación se celebrará la misa en honor de nuestro santo patrono; después habrá un piscolabis en la rectoría. Tenía pensado asistir a todo, pero no creo que asista a nada. He empezado el día con los ejercicios de terapia del brazo, que me duelen tanto, y con los ejercicios de estiramiento que cada vez se me hacen más agotadores y difíciles de soportar. Ay, querida Amparito, el tiempo no pasa en vano (y yo, que soy un zoquete, ni me entero). 

Lentamente el brazo va mejorando; debo asistir a terapia tres veces por semana, apenas puedo hacer nada con él, los dolores son permanentes…, pero lo llevo con paciencia. A veces me altero mucho cuando me veo imposibilitada para hacer algo. El otro día el robot que limpia el suelo se me volvió medio tonto, iba sin orden ni concierto, repetía pequeños desplazamientos una y otra vez, no avanzaba. Lo paré para arreglarlo pero no pude, con una mano intenté levantarlo hasta la mesa para maniobrar mejor. Era imposible, pesaba demasiado. Me puse furiosa y le di una buena patada a la máquina. Entonces lo puse en marcha y funcionó. Se ve que no es rencoroso.

Te decía antes que la edad la voy notando, pero es como si no me diera cuenta. Ahora hace unos meses en que apenas puedo caminar. En cuanto me desplazo  una pequeña distancia empiezo a sentir un dolor agudo en los dorsales. Tengo que parar. Este dolor es más mortificante que el del brazo, es como si lo sintiera en todo mi cuerpo y en todo mi espíritu. Desde los treinta años ha sido mi amigo más leal y asiduo. No le daba importancia, eso era una somatización más de las mías. Pasaba mucho tiempo hasta que volviera a sentir este trastorno, de modo que era algo soportable y por eso no iba al médico. Ahora el no poder andar me contraría mucho. Caminar es un ejercicio muy sano tanto física como síquicamente. Por ahí se me iban antes todos los “demonios” que me martirizaban. Las piernas las tengo ágiles y camino deprisa, se trata de ese dolor punzante. El lunes pediré consulta al médico, quizá se pueda paliar algo este dolor que me paraliza. 

El Señor está siendo especialmente misericordioso conmigo. Con frecuencia percibo su compañía. Me distraigo mucho, pero Él está ahí. Tengo dificultad con la oración, así que recurro a  las escrituras y lecturas de temas religiosos. Leer a un autor sabio, humilde y muy próximo a Dios es uno de los mejores regalos que pueda recibir. Ellos me muestran su humildad, su ternura, su entrega sin límites, su profundo amor a Jesús  y a los demás. Esa cercanía a Jesús de estas personas es contagiosa. Es como si el Espíritu  te llevara en volandas. Todo esto me ayuda a no separarme del Señor y a ir atemperando  mis malos impulsos, cosa que no me es nada fácil.   

        
Una buena noticia: últimamente me encuentro mucho más sosegada, las preocupaciones, malos recuerdos y estados de ansiedad me acosan menos, y mi mente  va recuperando la claridad y agudeza de mejores tiempos. Me parece que estoy mejorando bastante.

Últimamente me encuentro muy activa. Leo, escribo y estudio todo lo que me alcanza el tiempo. Eso me hace muy feliz.

Hay algunos asuntos que me preocupan mucho: el ministerio del papa Francisco, la actitud confusa y desnortada de una parte de la jerarquía de la Iglesia, la consiguiente  desorientación de los fieles y la pérdida de asentimiento en la doctrina perenne de la Santa Madre Iglesia… Estamos en una crisis profunda, que corresponde a la aguda crisis en que se halla la humanidad. Pero esto ya será tratado en mis cartas posteriores.

Amparito que estás en los cielos, ruega por nosotros, que somos tus hermanos, que estamos en peregrinación hacia donde tú te encuentras.


Un abrazo muy fuerte
Mari Carmen


PD. Los días 27, 28, 29 de este mes peregrinamos a Lourdes. Nuestra Madre ya lo sabe. Pero tú se lo recuerdas.

diumenge, 12 de febrer de 2017

Cartas a Amparito (20)

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Barcelona, martes 1 de noviembre de 2016, fiesta de Todos los Santos

Hoy, mi querida amiga, en que te recuerdo de una manera especial, tenemos fiesta en común. No sé cómo lo celebraréis al otro lado, imagino que estaréis asomados a nuestro diario peregrinar y que estáis intercediendo por nosotros, que a algunos buena falta nos hace.
Pensando en la carta de hoy fui ayer  al pequeño parque de la estación del norte, donde se está tan bien y tantas fotografías suelo hacer. Quería visitar el otoño, pero no estaba. Me quedé sin foto para ti. Tendré que esperar.


Te envío una foto tomada de internet. No sé si a esta operación le llaman «bajar» o «descargar», vaya usted a saber. Ahí la tienes. Me gusta la naturaleza, su silencio comunicador, el otoño, los caminos… Es cuando más siento y comprendo su Presencia como un don que me ofrece, una ayuda para continuar el camino  con ilusión, con alegría, con energía. Por mi parte estaría el esfuerzo, el sacrificio, el comenzar de nuevo cada día. 

Qué diferencia, Amparito-que-estás-en-los-cielos, entre su amor y fidelidad y mi respuesta.       

La convivencia entre los que formamos la comunidad de San Oleguer se va estrechando día a día. Nos sentimos muy unidos.

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Barcelona, domingo 12 de febrero de 2017, fiesta de santa Eulàlia mártir

Esta carta quedó interrumpida aquí el día de Todos los Santos. Han pasado un sinfín de cosas:

Publicación de Amoris Laetitia, sobresaltos que nos causa el papa Francisco, malestar y confusión en el seno de la Madre Iglesia, innumerables mártires cristianos en medio oriente y África, sorprendente triunfo de Trump en Estados Unidos; en lo personal te hablaré de la operación del hombro, de mi larga ausencia de Zaragoza, de las múltiples lecturas, así como de horas de estudio y pensamiento, de mis dificultades con la oración, de mi mala salud de hierro, y de mis próximos proyectos...
Por estas razones me despido ahora.
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Hasta pronto. Un abrazo
Mari Carmen

dissabte, 15 d’octubre de 2016

Cartas a Amparito (19)

Querida Amparo

Este texto quería empezar con una dedicatoria: «En agradecimiento a un amigo».
En realidad no hacia falta decir su nombre porque el tema era la amistad.
Así, pensé que quizás hubiera sido mejor decir «A la amistad, en agradecimiento»...
... porque dentro de ella está el amigo... porque es mucha y... porque es la misma
que impregna todas estas cartas que, más allà de donde estés, querida Amparín,
nos sigue manteniendo tan unidas. Ya ves: «Amor saca amor» dijo santa Teresa
una verge assenyada, una de les cinc prudents. Hoy la celebramos.

¿Has visto cómo ahora ya el otoño nos amanece cada día con más color y cómo las plantas se van desvistiendo? El cambio estacional se está produciendo tan parsimoniosamente que apenas lo estamos notando por algunas lluvias pasadas y por la disminución de las horas de luz.



Todavía no he visto castañas en el mercado; los boniatos son cadavez más madrugadores y las granadas se ven preciosas. Casi todo está preparado para sentir la dulce y suave añoranza de nuestros otoños infantiles.

¿Recuerdas la intrigante y hermosa leyenda del “Monte de las Ánimas” de G. A. Béquer?



Que sí, Amparo, que sí, que ahora nos estaríamos divirtiendo mucho repasando esta historia propia del tiempo que se aproxima. Claro, ya lo sé, hijita mía, que ahora estás muy bien y que no te apetece volver por aquí; sólo se trata de recordar juntas. Fíjate que hay quien piensa, y creo que con bastante sensatez, que el verdadero purgatorio está en la tierra por lo menos para muchos, y que en el purgatorio se está mejor.



¿Qué adónde voy a parar? Pues a lo de las ánimas del purgatorio, a los espíritus, a los fantasmas y entes semejantes Es la época, Amparín, del día de difuntos, del tiempo de la castañada, de las historias de miedo con bosques oscuros, campanadas a media noche, de siniestros cementerios , de inquietantes ramas que golpean en los vidrios de las ventanas, del frufrú de faldas y de pasos por los corredores de inhóspitos caserones antiguos… 



Ahora todo es diferente. Los niños, en lugar de la noche de difuntos, celebran Halloween, restos de una fiesta cuyo origen es una horrible religión muy antigua, procedente de los bosques del norte de Europa. Pasó a Estados Unidos, y ahora la tenemos aquí, que somos muy modernos, ya sabes. 


Estos niños nuestros de ahora tienen una estética muy extraña, les gustan los esqueletitos fluorecentes de un material que parece moco, ¡me da un asco!.. Cosas así. Y, además, no tienen miedo de los fantasmas, ni de los espíritus, ni de las caretas o disfraces espeluznantes. Chica, que parece que son de otra galaxia. Los niños de ahora, quiero decir.


Yo no es que diga que los cuentos de ánimas, espíritus y demás apariciones horripilaban a todos los niños de entonces, no. Creo que algunos se divertían mucho. Pero yo sé de una niña que, al llegar esta época, recordando la noche de difuntos comenzaba a sentir un nudo en el estómago y en la garganta, se le ponía la carne de gallina, y tenía frío. Dormía mal, contaba los días que faltaban para la espantosa noche. Durante el día el turbador recuerdo de la celebración la asaltaba con frecuencia. La pobrecita sufría un “vivir sin vivir en ella” en tanto esperaba el acontecimiento. Lo incomprensible era que no dejaba de escuchar con fascinación aquellas sobrecogedoras historias de miedo que junto a la cocina de carbón solían contar los mayores.


En noche tan señalada todos los niños de la casa, padres y resto de la familia rezaban las tres partes del santo rosario. Al principio el rezo era rítmico y hasta divertido con esa permanente sucesión alternada de voces, oraciones y misterios. A aquella niña tan silente y desasosegada la prolongada quietud de la postura se le hacía insoportable. El rezo parecía interminable, le invadía el nerviosismo, la inquietud y el miedo a los efectos de las lamparillas a la hora de ir a dormir.



¿Que qué eran las lamparillas? ¿No las encendíais en Albocacer?

Pues verás. Después de comer las castañas, la mamá preparaba dos tazones grandes de los del desayuno, ponía en ellas agua, un dedo de aceite y las lamparillas que se encendían “por las ánimas del purgatorio”. “¡pues si ya hemos rezado tres rosarios!”, pensaba la niña para sus adentros.



Las lamparillas, querida Amparito, constaban de un circulito de un centímetro más o menos de cartón obtenido de las cartas de la baraja española. En el centro del cartón se introducía el pabilo. Se colocaban varias lamparillas en la superficie de los tazones para que se impregnasen de aceite, se encendían, y he aquí la iluminación por las ánimas del purgatorio.

Ahora venía el terror de los terrores. Los tazones con las lamparillas se colocaban en el amplio comedor adonde daban todas las habitaciones de las niñas. Se apagaba la luz y ¡shus!, a dormir todo el mundo. La luz de las lamparillas comenzaba a reflejar en las paredes de la habitación luces y sombras espectrales. Alguna graciosa aún colaboraba al terror divirtiéndose con sus voces fantasmales. Al poco rato, la campana de la iglesia de san Pablo, potente y bien timbrada, comenzaba a tocar a muerto: era el tiempo más turbador y terrible de la noche.

Hasta muy pronto, Amparo

Mari Carmen

dimecres, 28 de setembre de 2016

Cartas a Amparito (18)

Querida Amparo


Hete aquí que anoche buscando no sé qué en el fondo de mi bolso vine a dar con algo duro envuelto en plástico. Era un San Pancracio que andaba paseando yo desde hacía dos o tres días. Ni siquiera lo había visto antes. Me lo había dado nuestra amiga común creyendo que era devota de este santito. Explicar la causa de este equívoco sería divertido, pero largo.

La imagen del santo es bonita, es un San Pancracio guapo, la verdad. La cuestión es que no sé qué hacer con él ahora que, de tanto andar acompañándome de la ceca a la meca dentro del bolso, es como si fuera ya de la familia.

Pancracio tenía catorce años cuando lo martirizaron en Roma bajo la terrible persecución de Diocleciano. Murió decapitado. Era originario de Frigia. En la ciudad de Roma se halla la basílica de san Pancracio. 

Pancracio del (griego: «todo poder») era un santo muy popular durante mi infancia. Acostumbraba a ver su imagen en las casas de mi barrio zaragozano. Algunas mamás, cuando volvían de la compra del mercado próximo, solían comprar «iguales» al ciego que los cantaba en la esquina («veinte iguales para hoyyyyy!»). Llegadas a casa, ponían el cupón de la «once» delante de la imagen, sujetaban la ramita de perejil en los brazos del santo, y a esperar la suerte. Eso es todo lo que sabía hasta hoy de nuestro mártir, lo de los iguales y lo del perejil*. Ahora ya sé más. Me resulta simpático porque murió niño al día siguiente de su bautismo. Resulta que fue decapitado como san Braulio de quien dice la tradición, volvió a Zaragoza con la cabeza debajo del brazo. Así lo podemos ver hoy su imagen en la mayoría de las iglesias zaragozanas.



Como ya casi hemos formado familia, voy a tratar a Pancracio con todo respeto y consideración. Lo he colocado en la librería al lado de tu foto, a ver si entre los dos intercedéis por mí y por quienes anden tan necesitados como yo. A sí que, querida Amparito-que-estás-en-los- cielos, procura encontrarte con San Pancracio para que nos echéis entre los dos una manita.


Siempre en mi corazón, y hasta la próxima

Mari Carmen


* Aunque no sé si aquí donde estás hay ordenadores, por si acaso te mando este enlace —haz clic aquí— donde podrás ver más cosas sobre el santo y el perejil

dilluns, 26 de setembre de 2016

Cartas a Amparito (17)

Querida Amparo

Anteanoche, sábado, en la misa de la vigilia de Nuestra Señora de la Merced, el corazón me dio un salto de alegría cuando mossèn Joan pidió por Amparo Boix. ¡Qué hermoso y feliz tu recuerdo en aquel momento!

Creo que ya estás en la gloria, mi-Amparito-que-estás-en-los-cielos, mi amiga cariñosa y tan recordada por mí. Así que la petición por ti en la plegaria eucarística habrá ido en beneficio de algunas otras almas del purgatorio. Recuerdo cómo era tu fe: sencilla, profunda, firme. La fe que el Señor guarda para sus pequeñuelos, para los sencillos y limpios de corazón como tú. Ah!, el purgatorio, mi niña. Entre muchos católicos es una idea en desuso, pasada de moda, cosas de antes, diga lo que diga la Santa Madre Iglesia. Es que todos sabemos y somos más listos que la Iglesia. Los hay que toman el catecismo y hacen de su capa un sayo. Si es que lo leen, que la mayoría ni eso. Hablan por boca de ganso, es decir, repiten lo que oyen decir a profetas modernos que van por libre respecto del Magisterio. Bueno, niña, fíjate qué perorata con motivo de tu recuerdo en misa, pero vayamos a otra cosa.

El otoño, que con tanta ansiedad he estado esperando durante los meses de calor, ya empezamos a notarlo. Sin tener en cuenta que dada mi mala salud de hierro, las temperaturas altas se me hacen insoportables, esta es, junto con el invierno mi estación preferida.


Ya hace unas semanas que las aves emigrantes (así lo decíamos en la escuela, que ahora la gente es muy cursi) emprendieron su vuelo de regreso. En La Haya todavía no se habían ido. Me parece que las primeras en irse son las golondrinas. Las estoy viendo en mi infancia desde el balcón del granero en el pueblo. Las primeras tormentas eran tremendas, con relámpagos y truenos y lluvia torrencial. Las avecillas (traje smoking azul negro, camisa blanca), se colgaban, impasibles, de los cables de la luz en perfectas hileras. Poco tiempo después ya no estaban. Tenía la seguridad de que volverían en la primavera siguiente.

Ahora es cuando la vida se muestra en toda su grandeza y esplendor, en toda su riqueza y hermosura. Creo que el ser humano alcanza su perfección y su sabiduría a medida que va avanzando por la vida. El otoño es nuestra última etapa, el último tramo para seguir construyendo y creciendo como seres humanos. Ir creciendo supone seguir con ilusión y esfuerzo y alegría el proyecto que la providencia nos ha dado.



Un abrazo muy fuerte
Mari Carmen

dimarts, 6 de setembre de 2016

Cartas a Amparito (16)



Un autor que ando leyendo estos días viene a decir que escribir es vivir. Creo que está en lo cierto. También lo es viajar. No te sorprenda, pues, mi amiga y paciente compañera de diálogos y soliloquios, que te hable de mi pasada estancia en La Haya.

Un viaje comienza en el momento en que tomas la decisión de emprenderlo (información, ruta, transporte, alojamiento, deseos, ilusiones…). La persona sale hacia su destino; al regreso vuelve cambiada, enriquecida por la experiencia. No acaba el viaje cuando vuelves a casa. El bagaje adquirido va a acompañarte toda una vida en su una serie de imágenes, sensaciones, sentimientos e ideas que contiene.

Llovía. Oía la agradable percusión rítmica del aguacero al dar en la hierba, en las plantas, en los árboles. Abajo, la naturaleza presentaba una coloración verde, intensa, brillante. Contemplé el movimiento de nubes grises, oscuras y claras que rozaban la línea del horizonte, delineada por el conjunto de los escasos rascacielos existentes en La Haya. 

Era mi día. Me gustan los días de lluvia. Es como si sobre mí cayera con gozo la vida que el agua regala. Salí del hotel, caminé para tomar el tranvía número 1. El trayecto hacia la playa de Sheveningen es largo y hermoso; todavía más en tranvía y en día lluvioso. 

En aquel viaje vivía una de esas ocasiones en que percibo con intensidad todo lo que soy, todo lo que me ha sido dado, todo lo que he asimilado en mi camino. Experimento la presencia del Señor, su compañía, su amor. Noto la suave invasión de la naturaleza viva en mí. Toda mi capacidad de sentimiento, de pensamiento y de percepción se intensifica.


Me hallo en la orilla del Mar del Norte. Guardo el simbólico paraguas que el viento norte ha doblado. A distancia, junto a la orilla veo, alegres y saltarines, los cuatro jóvenes que han llegado conmigo en el tranvía hasta el final del trayecto. Me aproximo a ellos. La fina arena permite caminar con facilidad hasta el borde del agua grisácea y mansa. Es un lugar acogedor en su soledad. A lo largo de la inmensa playa observo la presencia de siete personas. 

Un poco más allá se encuentra un joven. Permanece estático, impermeable a la lluvia. Contempla las suaves olas. Parece estar pensando. A lo lejos, una mamá y un niño corretean y se meten en el agua. La temperatura ambiente, a pesar de la lluvia y del viento, es suave. El agua debe de estar templada. No dan señales de frío.


Las gaviotas, regordetas y tranquilas, no chillan. Un grupo se ha reunido en un montículo de arena. Unas pocas pasean patita-tras-patita junto a mí. Parecen aves domésticas, como si te cedieran el paso: pase-usted, siéntase-cómoda, está-en-su-casa.


A lo lejos diviso la silueta negra y longitudinal del famoso Pier. Noto un ligero cansancio y cierto malestar. Recuerdo que apenas he desayunado. Me aproximo al pier para acceder por su parte central a través de una escalera que arranca de la playa. 
Me abre la puerta un camarero. Tomo un ligero piscolabis e inicio el atrayente regreso al centro de La Haya.

Apropósito de día gris y lluvioso, recuerdo el domingo en que fuimos a la catedral. Era un día desapacible y frío, pero tú deseabas participar en la liturgia presidida por el arzobispo. No te importaba que fuese un día de invierno en que llovía a cántaros. Al regreso te acompañé hasta la puerta de tu casa. No sentías el frío, ni la ropa mojada, ni el cansancio; te sentías contenta y dispuesta a emprender cualquier otra actividad. En cambio, yo me me sentía como quien viene de la guerra, deseosa de llegar a casa, de ponerme cómoda. También me sentía contenta de haber pasado la tarde contigo. Eras para mí un estímulo y un ejemplo de bravura. 


Un abrazo

Mari Carmen

dimarts, 30 d’agost de 2016

Cartas a Amparito (15)

Amparito, que estás en los cielos

Debería ahora hablarte de un hecho que está conmoviendo a nuestra comunidad. No lo haré en esta carta: me siento triste, confusa y, también, con el deseo de hacer algún cambio en mi futuro más inmediato. Se producen hechos en nuestra vida que te hacen cavilar y realizar algún moderado cambio en el camino. Sé que debo dar tiempo al tiempo, pensar despacio antes de tomar alguna decisión. Por otra parte, amiga mía del alma, sé que andas enterada de todo, aunque ya no vivas en mi tiempo ni en mi espacio. Tu espíritu vive gozosamente feliz en compañía del Señor, pero por eso no dejas de estar al tanto de nuestra vida en la tierra, que ha sido tu anterior casa. Ahora estás esperando la ocasión en que nuestros cuerpos se unan a nuestras almas para vivir la felicidad que nunca tendrá fin. Creo en la resurrección de la carne. Esa es mi fe, mi esperanza y mi anhelo más profundo. Así que, mi recordada Amparo, cambio de asunto: voy a contarte algo de mi último viaje. 

Durante mi estancia en La Haya fui a Rotterdam. En las dos ocasiones anteriores me había resistido a visitar esta ciudad portuaria. Eran tantas las personas a las que oí lo maravillosa que era su arquitectura, que me puse en guardia. Ya he hecho bastante camino en la vida como para comprender que hay demasiada gente que no piensa sino que habla lo que oye decir a otros, y estos han hecho lo mismo. Es una actitud muy cómoda la de seguir la opinión mayoritaria; uno se evita problemas. También es una irresponsabilidad. El mundo funciona así: prevalece la mentira, el engaño, el autoengaño. Una mentira es la frase infinitamente repetida, aceptada sin reflexión ni reparo, el eslogan que acaba adquiriendo valor de verdad. 

El viaje en tren fue bonito, cómodo y rápido. Desde la fría y anodina estación moderna comencé mi caminata. Mi propósito era ver bien la novedosa arquitectura urbana, hoy en día emblema de la ciudad.

Algunos enormes edificios sorprendían por el grato juego de luz y color que ofrecían en contraste con el azul transparente del cielo. Cada edificio, una enorme acumulación de vidrio, de acero y de modernos materiales. En Egipto las pirámides no ofrecen un aspecto tan descomunal. 

Las construcciones de esta ciudad, cajas de cerillas con ligeras variaciones la mayoría de ellas, no presentaban rastro de vida humana. Parecía que no hubiera nadie en cada edificio, como si visitara una ciudad desierta. Los escasos viandantes éramos insignificantes y diminutos seres vivos que se movían en el asfalto. Del mundo vegetal se veían escuálidos árboles, cuya altura no se apreciaba: allí se había perdido toda referencia de proporciones tanto físicas como humanas. Todo parecía vacío, desierto, inanimado. 

En esta ciudad nació Erasmo (1466), brillante e influyente humanista. Participó en las polémicas filosóficas y religiosas de su época, aunque nunca se pronunciara con determinación. 

Parece que le era difícil decidir, que es una posición muy cómoda en ciertas circunstancias. Si no recuerdo mal, la maravillosa ciudad de Harlem también disputa el honor de haber sido la cuna de Erasmo. 
Mi querida amiga: yo no sé si fue debido a mi decaimiento físico tras una larga caminata bajo el sol sin tomar agua o la impresión que sufrí ante la aparición de esos extravagantes edificios, que necesité sentarme un rato ante el abundante césped que abunda en este país. 

Mira y observa esas casas cúbicas inhabitables, repara en las gigantescas tuberías que revisten y adornan la Biblioteca Pública, presta atención a la arquitectura en forma de lápiz del edificio de oficinas o viviendas. 

¿Te imaginas la experiencia de salir y regresar diariamente del trabajo cuando se vive en semejante producto alucinante?

Estos edificios debían de tener una dimensión considerable: las personas que por allí nos encontramos parecíamos insignificantes hormigas en búsqueda de orientación. 

Me sentía perdida en un mundo deshumanizado, en un planeta en el que la persona ha perdido el sentido de su existencia. Era mejor olvidarse de esta pesadilla.

Volví a pie a la estación. Allí me esperaba un regreso muy grato para llegar a una ciudad hecha a medida del hombre, La Haya.

Un abrazo muy fuerte. La verdad es que no sé cómo te lo daría. Nos dejaste llevándote la mitad de tu ser, tu mitad más importante, la que nos hace criaturas semejantes a Dios. Hasta el día en que nos reunamos (espíritu y cuerpo) ante la llamada del Señor, acepta este símil de abrazo con todo mi afecto. 

Y acuérdate de mí, que yo sí lo hago.

Mari Carmen

dijous, 4 d’agost de 2016

Cartas a Amparito (14)

Mi querida niña, estás tan asiduamente presente en mí que a veces te percibo llena de vida. Tú sabes que en esta orilla pienso y me expreso al modo humano, yo bien sé que tú ya vives llena de sabiduría y de Vida. Al levantarme, tras dar los buenos días al Señor, lo primero que salta a mi vista es la fotografía que te hice el día en que nos saludamos por vez primera. En ese momento mañanero siento tristeza y siento alegría al mismo tiempo. No sé cómo decírtelo, pero es así. También te me recuerdan nuestros amigos comunes, de modo que tu compañía va conmigo en mi camino cotidiano. Por eso, no estoy tan sola. Estoy segura de que me ves, y tengo la firme esperanza de que un día nos encontraremos. Doy muchas vueltas a cómo seremos entonces. Seguro que tras nuestra muerte y resurrección en Cristo se nos dará nuestra nueva y definitiva existencia. Nuestro gozo será pleno, nuestra alegría permanente.
Mi niña, creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna tal como lo enseña nuestra fe, que es una visión un tanto a oscuras. Por eso me hago muchas preguntas. Tu alma está ya en el paraíso; ¿pero has resucitado ya o la resurrección tendrá lugar al final de los tiempos? Es complicado lo que digo: tú vives en un presente, no te encuentras sometida al tiempo.; yo vivo haciendo camino sometida al paso del tiempo hasta el momento en que el Señor salga a mi encuentro. Tú lo sabes todo, yo sólo un poco.
Si has resucitado ya, ¿cómo es ahora tu cuerpo? ¿Es la misma materia que albergaba tu espíritu cuando estabas entre nosotros?
Sé que nuestra carne será transformada, perfecta, gloriosa. Todo nuestro ser, ya alcanzada la plenitud, será perfecto como corresponde a una criatura humana redimida por el Señor.
Te imagino ahora con tu transparente y acogedora sonrisa de siempre. Sé de tu sufrimiento, de tu soledad, de tu vida difícil a partir del momento en que tu madre murió. A pesar de todo, tu sonrisa permanecía. La mostrabas a todos los que conocías sin distinción, sin acepción de personas: amabas a todo el mundo. Sé de ti más de lo que tú pudiste contarme. Tal vez la providencia, que a mí me parecía azar, me haya deparado este conocimiento. El Señor sabrá la razón; yo me lo imagino. Le doy las gracias por este don que me permite conocerte y quererte más.


Esta foto la obtuve en un maravilloso museo del juguete que visité hace poco. Observar muñeca así, con su sonrisa limpia y permanente, hizo que me sintiera feliz. Es un regalo que te envío.

 «Todas las cosas son artificiales porque la naturaleza es el arte de Dios»
Acabo de hacer un viaje al norte de Italia, zona de montañas, de lagos y de bella naturaleza. Cuando realizo un recorrido vuelvo renovada, aprendo mucho, me siento más feliz. Es una especie de renacimiento, un resurgir que te da paz, que te ayuda a conocerte. 

Mejor: una gran ayuda para proseguir el Camino.

dimecres, 6 de juliol de 2016

Cartas a Amparito (13)

Mi querida niña, me parece una eternidad la que ha pasado sin escribirte. Y no es muy cierto. Sabes que me acuerdo de ti con frecuencia, te recuerdo cuando alguien habla conmigo, cuando no estás allí donde solías, cuando te pido ayuda…,  en cualquier circunstancia.

Ha llegado ya el cálido verano y la humedad. Ahora me encuentro mejor en el silencio y la calma de casa. A ti te daba lo mismo que el sol nos abrasara, que hiciera frío o que cayeran chuzos de punta. Tú seguías siempre adelante animosa y firme por la calle. Eras de la especie de quien “si fuera gallina no pondría un huevo en casa” ¿Recuerdas la última vez en que te acompañé al médico? A la salida hacía un calor inmisericorde de  las cuatro de la tarde de julio. Caminábamos por el paseo de San Juan, tú más ligera que yo. Yo creí que querías ir a tu casa. Y entonces me dices que tenías que ir a la oficina de Correos que está justo enfrente de donde yo vivo.
Las calles, los muebles urbanos, deslucidos por la polución, carecen de brillo, se ven desdibujados. La naturaleza sufre por este ambiente.
 ¿Cuántas veces te digo que te recuerdo cada vez más? Eras limpia, transparente, me dabas mucha confianza. Contigo no había que temer confidencias o confesiones reservadas, nunca saldrían de ti ni harías interpretaciones aviesas para zaherirme. No sabías de maldad, eras así, un angelito disfrazado de Amparo Boix. 

Estos días ando entusiasmada con la escatología de Joseph Ratzinger. El que te escriba periódicamente, o hable contigo no son fantasías de una soñadora. Estamos juntas, mi niña. Porque vamos a ver, si tú, que de momento eres alma, que no eres materia y por eso no ocupas lugar…, si tú estás en comunión con Jesucristo y yo también lo estoy, resulta que ¡estamos cerquita la una de la otra! Tal vez ni siquiera necesitaría escribirte. Pero me gusta. Todo esto que te digo tú ya lo sabes con certeza, y yo casi la tengo. ¡Qué hermoso si fuera verdad!

Como no estás oficialmente inscrita en la lista de los santos, no sé si puedo pedirte tu protección. Pero si anduvieras cerca de Nuestra Madre, procura enchufarme un poquito, que ya sabes que a ratos no me siento sosegada.
Ah, si supieras…! Ahora nuestro barrio está invadido de señoras con andadores como el tuyo. Van la mar de contentas, dicen lo mismo que tú, que el artilugio les ha cambiado la vida. Tú, mi menudita y querida amiga, fuiste la precursora. Lo mismo te hacen patrona de los caminantes con andador… Te quiero mucho, Amparito.


Hasta la próxima
Mari Carmen


dimecres, 15 de juny de 2016

Cartas a Amparito (12)

Me lo pediste, mi niña...

Cuando comencé a leer un texto en la reunión parroquial te diste cuenta de que me refería a ti, aun sin nombrarte. Se lo comentaste a nuestro amigo. Te habías puesto muy contenta. Al día siguiente me pediste el escrito. Ya no lo tenía. Te prometí rehacerlo. Estoy segura de que aún no es tarde, por eso lo hago ahora. 
No era hora tardía, pero las farolas iluminaban ya la Gran Vía; posiblemente sería otoño o principios de invierno. La avenida estaba desierta. Susana y yo nos detuvimos ante el semáforo en rojo de Gran Vía – Nápoles, lado montaña, a la derecha. Allí estaba Amparito al lado de un muchacho alto y fuerte. Impedí que Susana la saludara. Deseaba yo ver cómo se las arreglaba la niña para cruzar esa vía tan ancha. Amparo tenía ya entonces dificultad al caminar. De vez en cuando se paraba de improviso —los famosos «bloqueos»— no podía continuar caminando y había que esperar unos segundos a que reanudara el paso. Lo que más nos preocupaba a las amigas era el que cruzara las calles. Le aconsejamos que no lo hiciera sola, que pidiera ayuda. Susana y yo estábamos esperando detrás de ella. El semáforo nos dio paso para cruzar. Nuestra brava amiga, tan chiquitita y tan serena, dirigió el rostro hacia la torre humana que se hallaba a su izquierda, le dijo unas palabras, el muchacho miró hacia abajo, asintió, la tomó de la mano, y despacito atravesaron la calzada. Nosotras los seguíamos contentas y divertidas. Terminada la travesía le dijimos al muchacho «has ayudado a cruzar a un ángel de los de verdad». «Se hace lo que se puede», contestó naturalidad el joven, y continuó su camino.

«Tot és camí / tot és drecera / si ens donem la mà» (J. Maragall)

oOo

Creo, mi querida y recordada niña, que en la nota decía algo más que ahora no puedo recordar. Me acuerdo de que las dos nos sentimos conmovidas ante aquel hecho, tan humano y tierno, que nadie más pudo ver. Tú sonreías divertida y contenta. Solo el Señor y nosotros cuatro lo conocimos. Seguro que se producen muchísimos gestos así, discretos, desconocidos, llenos de amor. Tal vez debamos contemplar el mundo con más atención, con mirada nueva, llena de optimismo y esperanza. Conoceríamos pequeñas acciones como esta que nos confortarían y darían alegría para seguir nuestro camino.

Amparo, un abrazo muy fuerte
Mari Carmen


divendres, 3 de juny de 2016

Cartas a Amparito (11)

Señor de mi vidaSienta tu Presencia / En cada paso dado / En toda alegría / Y en este ahora / Tan amargo
Mi querida niña:
Ando lo mismo. Taciturna, que en lenguaje guay significa depreTe echo en falta, ya lo sabes. Vas creciendo en mi interior día a día. 

Estos días ando pensando en que viviste casi dos décadas sola en Sepúlveda–Entenza. Ya no tenías a tus queridos padres, a quienes tanto añorabas. Cuando viniste al barrio, y tus amigas y demás conocidos de la parroquia supimos de ti y ya estabas enferma de párkinson. Conozco tu valía personal y tu fe y por eso pienso ahora que cada día te levantarías con el coraje y la ilusión de dar sentido a tu quehacer. Un día dijiste «estaba esperando la jubilación para ayudar a los ancianos y necesitados; y mira, ahora no puedo». Lo dijiste con la serenidad de quien acepta siempre la voluntad de Dios. Eras así.

El concierto de Góspel del día 28 me gustó mucho. Había mucha gente, muchos eran los mayores de la comunidad que hicieron un esfuerzo por asistir. Se les veía felices. Hubo voluntarios que fueron a buscarlos en sillas de ruedas. Fue hermoso. Recordaba a Mahalia, con su gran voz, su profunda su profunda fe. Oraba en privado, y oraba en público con sus canciones. En el escenario, en las iglesias conmovía y arrastraba al gran público, ese público sencillo y desconocido que tan bien sabe distinguir lo que es auténtico
Mahalia Jackson ha sido con su increíble voz de contralto ídolo de multitudes y modelo permanente para mí. Me ha acompañado durante interminables horas de insomnio, me ha ayudado a orar y a acercarme a Dios. 
Nació en Nueva Orleans, a orillas del Mississippi en una familia numerosa y muy pobre. La orfandad, la indigencia y un medio social adverso e injusto marcaron las dos primeras décadas de su vida. Pero un día Mahalia empezaría a volar...

La creación que Mahalia hace de His eye is on the sparrow es inigualable. Juega con su magnífica voz de contralto consiguiendo matices muy expresivos. Habla de su gran fe en Dios que nos ama y siempre cuida de nosotros, por eso mantiene firme la esperanza en los momentos de tribulación.
La canción fue escrita en 1905 por Civilla D. Martin y compuesta por Charles H. Gabriel que se inspiraron en los capítulos 6 y 10 del Evangelio de san Mateo: 
Cap. 6: Mirad los gorriones del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros y vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
Cap. 10: ¿No se venden dos gorriones por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.
Si quieres leer la letra entera en inglés y traducida con el cursor haz clic aquí  y si quieres escuchar una grabación de 1956 haz clic aquí

Sé que lo fundamental es seguir mi camino, el camino que tu ya has andado. Así que, Amparito, pide al Señor para mí una confianza fuerte, que me permita traspasar este duro y dilatado temporal.
Creo que he pedido demasiado.


Un abrazo. ¡Y te echo en falta!